UNA COSA TE HACE FALTA…

Quienes hemos viajado, ya sea localmente en nuestros países o fuera de ellos, sabemos la importancia que tiene no olvidarse de los documentos personales, el pasaporte, el documento de identificación, el boleto de avión, incluso los accesorios básicos personales. Ya que presentarnos en el aeropuerto sin nuestro pasaporte puede ser una terrible experiencia si quien está recibiendo la papelería nos dice: una cosa te hace falta. Nos resultaría imposible poder viajar así.

De igual manera hacer trámites en una oficina pública puede resultar de las peores experiencias de nuestra vida. Hacer colas exageradas, recibir mal atención, y luego de un buen tiempo de hacer una larga fila, llegar a la ventanilla y quien recibe nuestros papeles nos diga: “una cosa te hace falta”, es como para volverse loco.

Sin embargo, esto no puede compararse en lo más mínimo, a la experiencia que vivió un joven adinerado, a quien le inquietaba conocer: ¿cómo se podía heredar la vida eterna? Dice en Marcos 10:17-22, que: estando Jesús en la tierra, éste joven se le acercó a Jesús, le hizo esa pregunta, y ante la primera respuesta de Jesús, él le afirmó que era un fiel observador de La Ley, considerando que con eso ya tenía visada su entrada al cielo.

No obstante, Jesús, siendo Dios, conocía todo lo que existía en el corazón de aquel joven rico. Dice en v.21a que: “Jesús mirándole, le amó, y le dijo: una cosa te hace falta… En otras palabras, si bien es cierto que aquel joven había cumplido con buena parte de las demandas de La Ley, no tenía la papelería completa para gozar de la vida eterna. No le bastaba pues, haber sido un fiel observador de La Ley. Y de hecho, a ningún judío le alcanzaba sólo con observarla.

Porque La Ley fue diseñada para hacernos comprender el pecado, no para salvarnos.

La Ley es una guía que nos conduce a Cristo, a fin de ser justificados por la fe (Ga 3:24). Quebrantar La Ley nos vuelve culpables delante de Dios. Y como nadie, excepto Jesús pudo cumplirla cabalmente, entonces todos según dijo Pablo estamos excluidos de la Gloria de Dios (Ro 3:23) y al ser culpables necesitamos a un mediador Justo, es decir, Cristo.

Dice el pasaje que Jesús le dijo en 21b: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, y sígueme”.

De primera mano las palabras de Jesús suenan muy fuertes, tajantes, muy estrictas incluso, sin concesiones. No le dijo vende parte, quédate con otra. No le dijo da una buena ofrenda y listo. No le dijo, constrúyele casas a los, pobres y sígueme. No, Él le dijo: vende todo, dalo, y sígueme, entonces si tendrás tesoros en el cielo.

El joven debía decidir entre la paradoja que conlleva seguir a Cristo: perder todo para ganarlo todo.  

La respuesta del joven dice la Biblia que fue la misma que muchos siguen dando hoy día, darle la espalda a Jesús. Se fue triste, porque era demasiado rico como para desprenderse de toda aquella fortuna. Consideró que sus tesoros terrenales tenían más valor que los tesoros celestiales.

Su respuesta evidenció que en verdad no había observado completamente La Ley como afirmaba, porque si había quebrantado un mandamiento, el décimo, que dice en esencia: NO CODICIARÁS.

La codicia por definición es: “el deseo vehemente de poseer muchas cosas, especialmente riquezas o bienes”. Y Jesús lo supo desde el principio que aquel joven solo en parte había observado La Ley,  por eso dice que  Jesús lo amó antes de responderle.

Cuando ya lo leo varias veces, me doy cuenta que Jesús no hizo concesiones con aquel joven, no porque fuera malo, sino porque

Jesús sabe que si una persona no está dispuesta a cederle el centro mismo de su corazón a Él, entonces no puede ser merecedor de la Vida Eterna.

Jesús debe ser el Señor de nuestras vidas, reinar completamente en nuestro ser.

Jesús debe ser el epicentro de nuestras emociones, nuestras decisiones, nuestras prioridades, de todo. 

Ni las personas más cercanas a nosotros como nuestras familias, ni posesiones materiales, ni posiciones sociales, ni títulos, pueden ocupar el lugar que le corresponde a Jesús en nuestra vida. Si una persona no está dispuesta a cedérselo entonces no aplica para heredar la Vida Eterna. Debe creer que sólo Jesús es necesario para llegar al cielo.

Mientras no muera el yo, y mientras no podamos ver que vale más Cristo que todo lo demás en este mundo, no podremos sellar la visa que nos conduce a la patria celestial.

La codicia fue el impedimento para aquel joven, y para ti querido lector, ¿Cuál es el impedimento para heredar la vida eterna? ¿Qué te hace falta a ti? ¿A qué tienes que renunciar hoy? ¿Qué está siendo el sobre equipaje en tu vida? ¿Qué o quién está ocupando el centro de tu corazón en este tiempo? ¿Qué respuesta darás hoy al Señor Jesús?

Repito, la respuesta de aquel joven es tal cual la misma respuesta que muchas personas siguen dando hoy día al llamado de Jesús.

Les resulta más valiosa, más apetecible, más placentera la vida que llevan en la tierra y por ello desprecian la posibilidad de vivir la vida Eterna con Cristo.

Por esa razón a través de este escrito te exhorto a que no esperes estar parado un día frente al Señor y te diga… UNA COSA TE HACE FALTA… mejor hoy despréndete de todo, y sigue a Cristo, entonces heredarás tesoros en el cielo.

Me despido como siempre diciéndote: haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

 

 

 

 

 

VIVE BIEN TU JUVENTUD, DISFRUTA TU VEJEZ

Un escritor dijo: “desde que nacemos, comenzamos a morir”, tenía razón. Cada día que pasa nos acercamos más y más a la muerte. Al día en que partiremos de este mundo. La Palabra de Dios dice: que el hombre como la hierba son sus días, florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no se conocerá más (Sal 103:15-16), por la mañana esta verde y por la tarde se seca, es como neblina que aparece por un poco de tiempo y después se desvanece (St 4:14), es tan corta que pasa delante de nosotros como un sueño. Se va como agua entre nuestras manos. Casi sin notarlo nuestros años imberbes se han ido.

Cuando los seres humanos llegamos a la ancianidad, como yo, empezamos a cuestionarnos respecto a muchas cosas, nos preguntamos ¿qué hemos hecho en la vida o con nuestra vida? ¿cuál ha sido el fruto de nuestro recorrido por este mundo? ¿Cuál o cuáles fueron nuestros logros durante todos estos años? ¿Cumplimos o no, nuestras metas? ¿Qué cosas hicimos bien y qué cosas hicimos mal?

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Para algunos las respuestas pueden darle tranquilidad a su vejez pero para otros su vejez puede ser un verdadero suplicio. Algunos vivieron bien su juventud, su etapa adulta y ahora pueden respirar un ambiente apacible, mientras que otras personas se pasaron su vida despilfarrando su dinero, su tiempo, se sumergieron en todos los placeres que este mundo ofrece y jamás pensaron en sembrar para cuando llegaran a la vejez –es una pena realmente– y ahora padecen. Entonces me pregunto: ¿Qué debe hacer una persona para alcanzar una vejez agradable, feliz, y en paz?

Primero, debe aprovechar sus días mozos. Cuando el vigor, la energía y la vida es plena, debe forjarse con buena preparación académica, intelectual, y física. Construir un futuro a través del estudio, el trabajo y la dedicación. Trazarse metas a futuro y alcanzarlas. Construir una vida integra, para ganar confianza futura. Ser una persona ética y moralmente confiable. Tristemente algunas personas consideran el estudio como algo que no es indispensable y se aventuran en la vida sin ningún tipo de interés por crecer intelectualmente, y por supuesto que esto resta posibilidades en su vida futura. O van por la vida negociando su integridad y los resultados en la vez son de dolor. Erigen negocios, empresas o bienes pero de manera dudosa y eso más es un peligro para la vejez que una posibilidad de paz futura.

Segundo, construir una buena familia. Una persona necesita la ayuda de una buena familia en su vida. Dios creó al hombre y pensó que no era bueno que estuviera solo, le creó su ayuda correcta, y lo puso para que juntos fueran la base de la sociedad. Un hombre que cría, educa, corrige, y conduce a su familia por el camino correcto, tiene grandes posibilidades que en su vejez sus hijos no lo abandonen como sucede en muchos casos. Al contrario provocará que su familia siga considerándolo el patriarca de la familia. Le permitirá complacerse de sus hijos, nietos, o bisnietos porque estuvo dispuesto a sembrar prosperidad familiar desde su juventud. Y digo grandes posibilidades, porque existen casos de padres que han dado todo por su familia, han entregado vida y esfuerzo por forjar el futuro de sus hijos, pero lamentablemente muchos de los hijos no corresponden al amor y dedicación de sus padres y los olvidan.

Pero padres, que en su juventud no educaron bien a sus hijos, o no le dedicaron tiempo a su familia, o abusaron del poder que tuvieron sobre ellos, o fueron irresponsables con suplir las necesidades básicas, no pueden esperar mucho en el futuro de sus hijos, tienen muy pocas probabilidades de vivir una vejez sosegada. Es mas seguro que en el ocaso de su vida serán abandonados en asilos, o no los buscaran en la vejez, o sus hijos se despreocuparan de ellos, los dejaran pasar hambre, soledad, enfermedad y dejaran que se mueran en el olvido. No gozarán del respeto, cuidado y amor de los suyos.

Tercero y mas importante, tome sabias decisiones. Cada una de nuestras decisiones tiene repercusiones, temporal y eternamente. Las decisiones son irreversibles, permanecerán con nosotros el resto de nuestra vida. La decisión mas relevante que un ser humano debe tomar es aceptar a Jesucristo como el Señor y Salvador de su vida. Debe aceptar el regalo de la Salvación y la Vida Eterna que Él le ofrece. Esa si que es la mas grande y sublime decisión que debe tomar. Pues tiene repercusiones eternas. Razón tuvo el predicador al escribir: acuérdate, pues, de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y se acerquen los años en que digas: no tengo en ellos placer; antes que se oscurezcan el sol y la luz, la luna y las estrellas, y las nubes vuelvan tras la lluvia (Ec 12:1-2).

Los jóvenes deben tomar cartas en el asunto, porque muchas de sus decisiones influirán para vivir en paz posteriormente. Debe entender que lo que se hace en la juventud sí importa. Por supuesto puede y debe disfrutar su vida pero no haga nada físico, moral o espiritual que pueda impedirle disfrutar de la vida cuando sea viejito. Ser joven es emocionante, pero la emoción de la juventud puede convertirse en un gran obstáculo para acercarse a Dios si centra su vida en placeres pasajeros en lugar de los valores eternos. Por ello, ponga sus capacidades al servicio de Dios cuando todavía tiene toda la energía para hacerlo. No desperdicie su vida en actividades malas, insignificantes, que puedan convertirse en malos hábitos y hacerlo insensible a lo sublime de Dios.

Concluyo diciendo: una vida sin Dios producirá una persona en su vejez, amargada, solitaria, y sin esperanza. Una vida centrada en Dios por el contrario, será plena, hará que esos años malos como dice el texto, esos días en los que las incapacidades, las enfermedades, y los impedimentos no sean barreras que nos impidan disfrutar de nuestra vida anciana pues Dios y nuestra familia estará con nosotros. Busque a Dios ahora. Y como dijo un escritor: “los árboles mueren de pie” y así de pie, con la cabeza levantada morirá aquel hombre que en su juventud y en la vejez reconozca que Dios ha sido su ayuda, su guía, y su guardador en todo. Aquel hombre que viva íntegramente. La vejez no puede ser una etapa difícil si sembramos bien desde nuestra juventud.

Escrito por mi padre, Alfonso Palacios Vasquez, (70 años).