SUFRAMOS POR CAUSAS JUSTAS

1Pedro 3:17 dice: pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad De Dios, que por hacer el mal“.

Tres grandes verdades destaco de este pasaje.

  1. Primera verdad: ningún cristiano está exento de problemas, o sufrimientos. No existe ninguno que pueda decir que vive sin problemas porque mentiría. Todos absolutamente todos, desde el pastor mas reconocido, hasta el hermano más desconocido, puede vivir tiempos de zozobra, y angustia. Por ello, si una persona dice: “ven a Cristo y Él acabará con todos tus problemas”, definitivamente no está siendo sincero. Está vendiendo humo. Porque Jesús mismo dijo: “en el mundo tendrán aflicciones…” Por tanto, que quede claro que mientras no estemos en presencia de Dios, siempre estaremos expuestos al sufrimiento y al dolor.

Sin embargo Pedro está diciendo que si has de sufrir que sea por una causa justa, y esa causa es Cristo. Pedro le escribió a una iglesia perseguida, una iglesia martirizada y alejada de casa. Le escribió a una iglesia que estaba siendo acusada injustamente por el gobernante en turno. Una iglesia que estaba sirviendo de chivo expiatorio de un crimen que no había cometido. De esa cuenta entonces, los sufrimientos eran inevitables.

Pero Pedro deja claro, que por esta clase de circunstancias si vale la pena sufrir. Porque Cristo no es una causa perdida, es la mejor causa que una persona puede seguir. Si tú eres misionero y estas siendo perseguido, te digo, estas sufriendo por hacer el bien. Si eres pastor y estas atravesando tiempos difíciles, animo, estas sufriendo por hacer el bien. Si eres líder y estas experimentado pruebas difíciles, sigue adelante porque es por una buena causa. Sin importar lo que hoy vivas, no te desanimes, Dios está contigo.

  1. Segunda verdad, la Soberanía De Dios es permisiva. Hay circunstancias que parecieran estar fuera del alcance de las manos De Dios, pero no es así. En la Biblia tenemos pasajes que nos demuestran de qué manera la Voluntad de Dios es permisiva. Tenemos el caso de Job, Dios permitió que Satanás lo hiriera con una serie de padecimientos, y no de cualquier tipo, pero en su tiempo lo restauró a causa de su fidelidad. Otro caso, el más importante, Nuestro Señor Jesucristo. Dios permitió que en su pasión el padeciera todo tipo de dolor, burlas, golpes, ofensas, escupitajos, etc., porque esa fue Su Voluntad. De no ser así, jamás hubiera dejado que alguien pudiera hacerle daño, o atentar contra la Vida de su Unigénito Hijo.

 En otras palabras estoy diciendo que Dios permite el sufrimiento de sus hijos si es esa su voluntad. Y no porque sea malo, o injusto, o despiadado, sino porque Él conoce que estas situaciones adversas sirven como crisol para purificar su fe (1Pe 1:6). Y quien más que Pedro para saberlo, pues Jesús mismo le advirtió que al igual que a Job, el diablo había pedido permiso para zarandearlo pero Jesús anticipadamente había orado para que la fe de Pedro no fallara y luego de pasada la prueba fortaleciera a sus hermanos (Lc 22:31-32) y todos sabemos cómo fue transformado Pedro, nada más que se volvió el líder principal de la iglesia primitiva.

Dios también puede permitir circunstancias sociales, puede permitir gobiernos rebeldes, abusivos, puede permitir dictadores como vemos en Latinoamérica y otros países, puede permitir malos gobernantes, puede permitir legisladores que defiendan a los animales pero permitan los abortos como recién ocurre en Chile. Puede permitir que se promulguen leyes que impulsen a los homosexuales a vivir a su manera, como lo vemos en USA y otros países que están a favor de este movimiento.

Dios permite todo eso no porque sea un flojo, o esté de acuerdo. Para nada, ni es flojo y para nada estará de acuerdo con tales aberraciones pues Él es un Dios tres veces Santo. Dios desea que todos los hombres vengan al arrepentimiento y al conocimiento de su verdad, pero esta opción tiene fecha de caducidad. Llegará un día, el día grande, donde Él les aplicara su Ley Justa a cada uno de aquellos que decidieron vivir bajo sus propias normas de conducta y entonces ahí será el lloro y crujir de dientes.

  1. Tercera verdad: también se puede sufrir por causas incorrectas. Así como se puede sufrir por causa del Señor Jesucristo, una buena causa como se dijo previamente, también se puede sufrir por causa de acciones pecaminosas. Es decir, se pueden sufrir las consecuencias de una vida desordenada, o pecaminosa. Judas sufrió por traicionar a Jesús. Ananías y Safira sufrieron por tratar de engañar al Espíritu Santo, en el A.T. vemos a Sansón sufriendo por incumplir su voto, y así tantos y tantos personajes que nos pueden servir de ejemplo que sufrieron las consecuencias de sus malas decisiones. Esto para Pedro es lo que considera causas por las cuales no vale la pena sufrir.

En conclusión, mientras estemos en esta tierra, el sufrimiento será parte de nuestras vidas. Dios puede permitir el sufrimiento en nuestras vidas, si es esa su voluntad. Y creyentes como no creyentes estamos expuestos a sufrir con la única gran diferencia que los creyentes saben que Cristo intercede por ellos, que el Espíritu Santo los consuela y no los deja huérfanos. Y sobre todo que un día ese sufrimiento terminará y se transformará en un gozo eterno cuando estemos en presencia de Dios.

Mi deseo es que si estas atravesando tiempos adversos, sean en Cristo y por Cristo y no a causa del pecado. Recuerda todo sufrimiento es temporal, un día el dolor se convertirá en gozo. La tristeza en alegría. Y la angustia en regocijo por toda la eternidad.

Me despido como siempre diciéndote: haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.  

 

 

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SEAMOS PORTADORES DE BUENAS NOTICIAS

Entonces se dijeron el uno al otro: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buenas nuevas, pero nosotros estamos callados; si esperamos hasta la luz de la mañana, nos vendrá castigo. Vamos pues, ahora, y entremos a dar la noticia a la casa del rey. (2Reyes 7:9).

 

Samaria por aquellos días vivía una gran hambruna. Sus habitantes sobrevivían a duras penas. Ben-adad, rey de Siria, había sitiado la ciudad de Samaria y esto provocó que los samaritanos no pudieran comerciar sus alimentos. La escases era tal que algunos de los habitantes se convirtieron en caníbales. Ciertas mujeres, por ejemplo,  convinieron comerse a sus hijos, y así lo hicieron solo en parte. Ya que una de ellas sacrificó a su hijo pero la otra lo escondió para no tener que comérselo (2Re 6:26-29), si, leyó bien, se comieron a un niño. Esta actitud nos muestra el grado de desesperación y necesidad que estaban experimentando.

En aquellos días habían cuatro leprosos que decidieron rendirse a los sirios. Llegaron a la conclusión que era mejor tratar de rendirse a ellos a seguir esperando la muerte a la entrada de la ciudad. Bien fuera que los sirios les perdonaran la vida o bien fuera que los mataran pero pensaron que valía la pena intentarlo. No tenían nada que perder y mucho que ganar. Se pusieron en marcha a media noche hacia el campamento enemigo, y su gran sorpresa fue que no encontraron a nadie. Dios había confundido a los sirios a través de sonidos como de un ejército numeroso. Los sirios pensaron que los hititas y los egipcios se habían aliado con el rey de Israel y huyeron atemorizados tratando de salvar sus vidas (2Re 7:3-7). Cuando los leprosos se dieron cuenta,

entraron en una tienda, y comieron y bebieron, y se llevaron de allí plata y oro y ropas, y fueron y lo escondieron; y volvieron y entraron en otra tienda y de allí también se llevaron botín, y fueron y lo escondieron (2Re 7:8).

Como diríamos coloquialmente: se sacaron el premio mayor de la lotería. Aquellos cuatro leprosos miserables, que salieron pensando en perder o ganar, terminaron ganando más de lo que suponían que podrían llegar a tener. Sin embargo el v.9 es el que ocupa mi reflexión en este escrito. Ya que la narración nos deja un dulce sabor de boca y grandes lecciones. Dice: Entonces se dijeron el uno al otro: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buenas nuevas, pero nosotros estamos callados; si esperamos hasta la luz de la mañana, nos vendrá castigo. Vamos pues, ahora, y entremos a dar la noticia a la casa del rey (2Re 7:9).

Por lo menos tres semillas podemos sembrar en nuestros corazones de este relato.

  1. Compasión. La compasión es ese sentimiento de tristeza que una persona experimenta cuando ve que otra persona padece. Este sentimiento lo impulsa a aliviar el dolor o sufrimiento ajeno. La compasión es el deseo de remediar o evitar los sufrimientos de otros. Precisamente esto fue lo que sintieron los cuatro leprosos mientras se deleitaban con los bienes de los arameos. Al principio del v.9 ellos se dijeron entre sí: no estamos haciendo bien. Es decir: pensaron que no era justo disfrutar de todo aquel botín, mientras que la gente en Samaria padecía y moría a causa del hambre.

Sintieron compasión de sus compatriotas, pese a que los leprosos por Ley no podían integrar la sociedad de manera común, más bien debían vivir excluidos de ella. No podían generar ningún bien para subsistir. Dependían completamente de la bondad de los habitantes. Comían si sus familias les daban o si las personas se compadecían de ellos. Aunque por el estilo de vida de aquellos días, los samaritanos eran más bien egoístas y avaros. Por los relatos de otros profetas sabemos que se habían olvidado de la viuda y del huérfano, misma actitud supongo tenían con los necesitados. Sin embargo, los leprosos no actuaron igual. Ellos mostraron que quién más ha sufrido necesidad tiende a ser más generoso que quien nunca lo ha  experimentado.

Como pueblo de Dios y sin importar el estatus económico que poseamos, estamos llamados a ser compasivos. A dar siempre con generosidad. No podemos ser egoístas y llevar agua solo para nuestro molino. La iglesia primitiva es el claro ejemplo de cuan compasivos fueron unos con otros, ya que podemos leer varios relatos sobre como muchos de ellos estuvieron dispuestos a vender sus posesiones y que sirvieran para el bien común (ver Hch 4:36-37). Si conocemos las necesidades de otros demos con compasión. Demos para un misionero que está en otro país llevando a cabo la obra de Dios.

  1. Buenas Noticias. Luego de darse cuenta los leprosos que no era correcto saciarse de manera egoísta pensaron que aquel día era un día de buenas noticias, pero nosotros estamos callados se dijeron entre sí. Saber que los sirios ya no sitiaban más la ciudad eran buenas noticias. Todo el pueblo debía saber que sus verdugos ya no estaban amenazándoles. Por ello los leprosos sintieron que era urgente llevar la buena noticia al rey y a todos sus habitantes. Puedo imaginar el gozo, los festejos del pueblo al enterarse que su opresor ya no estaba más ahí. Imagino que no importaba si eran cuatro harapientos leprosos los que les daban la noticia lo importante era el mensaje y no el mensajero. Ellos al final de cuentas eran solo portadores de la bendición de saber que finalmente podrían comer.

Evangelio significa: “buenas nuevas o buenas noticias”. Pero, ¿por qué el Evangelio son Buenas Noticias? Porque aquel que se arrepiente de sus pecados, pide perdón y hace de Jesucristo Su Señor y Salvador ha pasado de muerte a vida. Recibe la buena noticia que toda la deuda que tenía con Dios por causa del pecado ha sido perdonada. Finalmente la ira que le aguardaba para el día final ha sido cancelada a través del sacrificio de Jesucristo.

Al entrelazar el pasaje de los leprosos y la definición que hemos dado del Evangelio la conclusión cae sola por su propio peso. Ya que la iglesia es la que ha sido llamada desde el primer día que el Espíritu Santo fue derramado sobre ella en el aposento alto a ser la portadora de las buenas noticias. Es la iglesia la que tiene que llevarle las Buenas Noticias de Salvación al mundo que esta sitiado por su pecado, que esta prisionero de sus pasiones, que está muriendo lentamente en sus delitos y pecados. La iglesia debe pensar como aquellos leprosos, vamos pues, ahora, y entremos a dar la noticia… y no solamente saciarse y deleitarse de manera egoísta.

Más bien debe tener ese sentido de urgencia, debe sentir compasión por todos aquellos que aún no conocen del Señor Jesucristo y anunciar que solo Él puede liberarlos de su opresión llámese como se llame. Debe estar consciente que no ha sido llamada a obstruir las buenas noticias, sino más bien a compartirlas. Debe ser portadora de buenas noticias. La Biblia dice que somos luz, y debemos alumbrar, debemos estar puesto en lo alto para que los hombres sean iluminados con el Evangelio. No podemos escondernos, no podemos callar, debemos hablar. TAMPOCO podemos envanecernos por ser portadores de buenas nuevas, porque como se dijo antes, somos solo portadores, el mensaje es lo que importa no el mensajero. Como escribió Sugel Michelen, somos mendigos diciéndole a otros mendigos donde hay pan.

 

  1. Dios es soberano. Los leprosos pudieron saciarse, los leprosos pudieron dar la noticia, el pueblo fue liberado, la profecía del hombre de Dios se cumplió por una sola razón, Dios es soberano sobre todas las cosas. Fue a causa de lo que Él le hizo a Ben-adad y a su ejército que aquella ciudad fue liberada de sus opresores. No podemos dejar pasar por alto ese hecho porque es el más importante de todos. Porque es a lo que la Biblia nos mueve siempre, a Dar la Gloria a Dios por Su magnífico poder, por Su fidelidad, por Su bondad y compasión. Porque a pesar de la maldad de Su pueblo, Él sigue obrando de acuerdo a su soberanía. Dios es soberano a pesar de ti y de mí. Él puede librarnos de cualquier situación adversa, puede obrar de acuerdo a sus planes y por eso siempre Él se lleva la Honra y la Gloria. Porque para Él no hay nada imposible. Lo que para el hombre no parece solucionarse, para Dios resulta posible. Por eso el apóstol Pablo escribió: A Él sea la Gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén (Ef 3:21).

 Me despido como siempre diciéndote: haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

 

 

PONER A DIOS EN PRIMER LUGAR SIEMPRE TRAE RECOMPENSAS

En cierta ocasión un intérprete de la Ley le  preguntó al Señor Jesucristo: ¿Cuál era el principal mandamiento? Jesús le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento”, agregó el Señor (Mt 22:37-38).  De más está decirlo pero en todos los ambientes cristianos esta afirmación es muy conocida. Ahora bien, la experiencia nos muestra que a pesar de saberlo pocos verdaderamente lo ponemos en práctica, pues hay un dicho popular que reza: del dicho al hecho hay mucho trecho. Hay una gran distancia entre decirlo y vivirlo. Hablar no cuesta nada, hacer las cosas es lo verdaderamente complicado.

Decir: “amo a Dios por encima de todo lo demás” suena bonito, pero hacerlo es algo totalmente distinto. Cantamos: “te amo más que a mi vida”, pero pensándolo bien, ¿verdaderamente es así? Poner a Dios por encima de mi propio ego, por encima de mis gustos, mis ambiciones, mis pasiones, mi familia, mi trabajo, mis amigos, eso sí que es amarlo. Eso sí refleja que Cristo es el Señor de mi vida y que por encima de todo amo a Dios.

En la vida se nos presentan oportunidades donde debemos mostrar si eso es una realidad propia o si son solo frases trilladas. Por ejemplo, la “viuda de Sarepta”. Ella vivía precariamente. Dice la Biblia que además de ser viuda, tenía un hijo. Aunque no hay una descripción precisa, suponemos que su hijo era apenas un niño porque dependía de su madre. Lo cierto es que apenas sobrevivían. Además, por aquellos días no había llovido por mandato de Dios a causa de la idolatría del pueblo. Elías le declaró al rey Acab: vive el Señor, Dios de Israel, que ciertamente no habrá rocío de lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca”(1Re 17:1). Y así fue, dejó de llover por mucho tiempo, y como era de esperarse esto afectó cultivos, ganados, todo. La economía de los más pobres se vio afectada severamente a causa de la insensatez del gobernante en turno y los que le antecedieron.

Después de esto, Elías el profeta, estuvo un tiempo viviendo cerca del arroyo de Querit al oriente del Río Jordán. Ahí dice la Biblia que: cuervos lo alimentaban con pan y carne durante la mañana y la tarde (1Re 17:5-6). Fue hasta que el arroyo se secó que Elías nuevamente tuvo que mudarse a otro sitio. Dios le dijo que fuera a Sarepta, y que allí una viuda se encargaría de su sustento (1Re 17:9). Obedientemente dice en el v 10 que Elías hizo lo que Dios le mandó.

Y aquí entra en escena la tan conocida “viuda de Sarepta”. Cuando Elías se presentó con ella le dijo: “Te ruego que me consigas un poco de agua en un vaso para que yo beba. Cuando ella iba a conseguirla, la llamó y le dijo: te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano. Pero ella respondió: vive el Señor tu Dios, que no tengo pan, sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija y estoy recogiendo unos trozos de leña para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que comamos y muramos” (1Re 17:10-12). Si se musicalizara esta escena al estilo Hollywood seguramente oiríamos las notas de un violín triste y sombrío mientras ella le describe al profeta la desgracia en la que se encontraba. Puedo ver además al profeta Elías sintiendo gran compasión por aquella mujer mientras ésta le describía su situación. Quizás pensó, aquí no habrá pan y carne como lo hubo antes, pero estoy seguro que confiaba en lo que Dios le había dicho: “yo he mandado a una viuda de allí que te sustente” (1Re 9b).

Dice v.13: Entonces Elías le dijo: “No temas; ve, haz como has dicho, pero primero hazme una pequeña torta de eso y tráemela; después harás para ti y para tu hijo”. Si el profeta hubiera dicho solamente esto, estoy seguro que aquella mujer y nosotros también diríamos dentro de sí: “este profeta como que no me entendió, le estoy diciendo que ya no queda más que solo para una ración y me está pidiendo que le haga a él y luego que le prepare a mi hijo, ¿de dónde quiere que saque para todos?”. Pero bendito Dios que nos da las Semillas de Fe suficientes para que nosotros al igual que la viuda no tengamos temor pues dice v. 14 que él le dijo: “Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “No se acabará la harina en la tinaja ni se agotará el aceite en la vasija, hasta el día en que el Señor mande lluvia sobre la faz de la tierra”. En ese momento la música del violín ya no se hubiera escuchado más. Casi imagino que se oiría una orquesta entera in crescendo triunfalista.

Fue en este preciso momento que aquella triste mujer tenía que tomar una decisión, debía decidir si ponía en primer lugar a Dios o no. Debía decidir si le creía al profeta o simplemente cocinaba, comía ella y su hijo y moría. Era ellos o el profeta de Dios. Al fin de al cabo él nunca se presentó como el profeta de Dios, posiblemente ella lo reconoció por su vestidura, pero, ella pudo dudar de sus palabras. Sin embargo, dice el v.15a que ella hizo: “conforme a las palabras de Elías”. En otras palabras, ella puso a Dios en primer lugar. Ella decidió creer que Dios cumpliría su promesa. Ella pudo pensar: así como ya no llovió por boca del profeta, así mismo la comida no escasearía en mi casa.

Dice la segunda parte del v.15 y el v.16, que: “ella, el profeta, y su hijo  comieron por muchos días. La harina de la tinaja no se acabó ni se agotó el aceite de la vasija, conforme a la palabra que el Señor había hablado por medio de Elías”. A este parte, seguramente la música que le pondríamos seria, un coro de ángeles dando gloria a Dios. La mujer puso en primer lugar a Dios y esto trajo recompensas. Dios fue primero que ella y su hijo y Dios la premió.

Quiero sembrar algunas Semillas de Fe en tu corazón.

  1. Humildad. Elías humildemente le pidió a la mujer que le sustentara. Vimos que cuando Elías llegó le dijo dos veces a la mujer: “te ruego me des agua” y “te ruego también que me traigas pan”. Pese a ser el hombre de Dios, profeta de Dios, no llegó imponente, no llegó soberbio, no llegó exigente con aquella mujer. Fue de manera sencilla, humilde a pedirle que lo alimentara. Si tú eres un misionero, un pastor, un siervo del Señor, aprende a pedir a tu iglesia enviadora, o a tus ofrendantes o a tu grey, con humildad. Nunca te impongas ante ellos o les exijas, porque recuerda que Dios es quien te envía y Dios es quien te sustenta.

 

  1. Obediencia. Elías sufrió las consecuencias de la falta de lluvia. Y aunque parecía inverosímil dos veces Dios le mostró que Él estaba en control de las cosas. Lo envió al arrollo y lo sustentó. Lo envió a Sarepta y también lo sustentó. Elias obedeció porque creía en Dios, confiaba en Él. Dios era primero que él mismo. No renegó porque lo envió a lugares incomodos, con personas extrañas, al contrario, obedeció al Señor todo el tiempo. De igual manera la mujer obedeció la voz del profeta. Hizo las cosas “conforme” a lo que le pidió. Si Dios está hablando a tu vida en este tiempo, y a ti te parece extraño lo que Él habla, no preguntes, solo obedece. Ni Elías ni la mujer cuestionaron las ordenes, y Dios los recompensó.

 

  1. Fe. Se necesita fe para creer que no llovió porque Elías lo dijo. Se necesita fe para creer que cuervos alimentaron a Elías con pan y carne. Se necesita fe para creer que Dios sustentaría la casa de aquella mujer. Se necesita fe para creer que las tinajas de harina y aceite no escaseaban. Se necesita fe para creer que Dios cumple todas sus promesas. No sé si por este tiempo te has estado cuestionando, si has estado dudando, si estas atravesando circunstancias donde estas cuestionando tu fe, pero yo te animo a que no dudes, Dios es el mismo de ayer, de hoy y lo será por la eternidad. Si Dios hizo maravillas antes, también las hará hoy de acuerdo a su voluntad.

 

  1. Soberanía. La viuda de Sarepta no tenía idea de lo que Dios había planeado para ella. No imaginaba que Dios había trazado un plan donde probaría si ella en verdad lo amaba más que a nadie en el mundo. Quizá ella estuvo orando por muchos días a causa de su necesidad, quizá Dios vio su desesperación, quizá Dios pensó hoy responderé a la súplica de esta mujer, en verdad no lo sé, pero lo que sí sé es que Dios le anticipó a Elías que ella lo sustentaría. Él ya sabía que habría de hacer. Lo mismo te digo a ti, hoy al igual que aquella mujer, al igual que Job, no sabes lo que Dios está planeando en el cielo para tu vida. No sabes que ha preparado Dios. No sabes como Dios probará tu fe. No sabes que está ocurriendo en la mente y en el corazón de Dios, pero lo que si debes saber que aun cuando tú lo desconozcas Dios es soberano por encima de todo, y que sus caminos son perfectos. Que sus planes son distintos a los tuyos. Sus planes son de bien y no de mal.

 

  1. Trabajo. Dios recompensó la fe de la viuda proveyéndole el sustento. Sin embargo dice el v.14 al final que Dios los sostendría hasta que la sequía terminara. Significa entonces que volvería llover y ella volvería a trabajar. Durante toda la crisis Dios la sostendría pero luego que terminara ella debía volver al trabajo. Debía seguir siendo la que sostendría a su hijo. Debía seguir esforzándose por sostener su casa. Me encanta Dios, porque sabe cómo buen Padre que debemos esforzarnos por nuestro sostenimiento. Como lo dijo el apóstol Pablo, “bueno es que no coma el que no trabaja”.

 

  1. Dios primero. Amar a Dios por encima de todo es fácil decirlo, vivirlo es totalmente distinto. Elías amó a Dios por encima de él mismo, fue obediente pese a las circunstancias adveras. La viuda también lo amó más que a ella misma y que a su propio hijo, dicho sea de paso, algo que no tan fácilmente puede hacer una madre. Pues sus hijos son su corazón mismo. Pero así lo hicieron. La experiencia con Dios nos lleva a que mostremos si es Él quien ocupa el primer lugar en nuestro corazón o no como lo hicieron ellos. Mi exhortación es a que pongamos al Señor como el centro de nuestra vida y todo lo demás vendrá por añadidura.

 

Me despido como siempre diciendo: haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

 

¿A quién iremos?

Introducción.

Mucho se ha escrito sobre el apóstol Pedro antes y después de Cristo. Antes de la ascensión de Cristo se ha dicho que Pedro era un hombre impulsivo, que solía precipitarse ante las circunstancias, también se ha escrito sobre su traición y sobre lo amargamente que lloró cuando se dio cuenta de la falta cometida contra su Maestro. Además de todo ello también se ha escrito sobre las confesiones que hizo sobre Jesús. Pedro fue quien dijo que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mt 16:16), también fue Pedro quien dijo: “¿a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6:68). Y es precisamente sobre estas palabras de Pedro que quiero escribir en este articulo.

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Mis tres razones para hacerlo son: en primer lugar porque puedo observar que Jesús siempre exige una respuesta de parte de aquellos que desean seguirlo. En segundo lugar porque considero que la pregunta y la afirmación que Pedro hace, son de un valor incomparable, y que son oportunos para alimentar nuestra vida cristiana. Y finalmente quiero escribir acerca de esta confesión de Pedro porque percibo cuán importante es tener una relación personal con Cristo para continuar perseverando en la Fe en el Hijo de Dios. Con base en estas razones déjame exponerte este articulo basado en estas tres premisas. (1) Debemos seguir a Cristo por las razones correctas. (2) Debemos tener puesta nuestra absoluta confianza sólo en Él. (3) Debemos creer y conocer a Cristo para sostener una relación sana con Él.

  1. SIGAMOS A CRISTO POR LAS RAZONES CORRECTAS.

Antes que Pedro dijera Señor ¿a quién iremos? muchas cosas ocurrieron. Juan narra que hubo una gran multitud de personas que seguían a Jesús (Jn 6:1a). También  dice que Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea (Jn 6:1b) y todos aquellos comenzaron a seguirle luego de ver todas las señales que realizaba en los enfermos (Jn 6:2). Tanta multitud y cercana la pascua, Jesús realizó el único milagro que aparece en los cuatro evangelios, la alimentación de miles de personas. Esto sin lugar a dudas provocó una reacción mas impetuosa de la multitud, lo cual motivó a Jesús a apartarse nuevamente hacia Capernaúm (Jn 6:5-16). Fue en ese traslado que Jesús aparece en medio de la oscuridad y de fuertes vientos caminando sobre el mar (Jn 6:17-21). Ya al día siguiente toda aquella multitud notó que Jesús no estaba mas entre ellos, y de inmediato decidieron buscar a Jesús hasta que lo encontraron y le preguntaron Rabí, ¿cuándo llegaste acá? (Jn 6:22-25), a manera de paréntesis digo, que mejor hubiese sido no hacer esa pregunta porque la respuesta de Jesús no fue nada simpática. Es más, estoy seguro que la respuesta del Señor tuvo que haberles provocado mucho vergüenza.

Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: me buscáis, no porque hayáis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo del Hombre os dará, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello” (Jn 6:26-27). He dicho que la premisa que debemos seguir a Cristo por los motivos correctos, y cómo se evidencia en la respuesta de Jesús, las personas ni siquiera buscaban a Jesús por las sanidades hechas a los enfermos, ni ese era un argumento suficiente para seguirlo. Mas bien, lo buscaban porque estaban interesados en saciar su hambre. Vieron en Jesús el fin de sus carencias materiales. Consideraron que si seguían a Jesús posiblemente nunca mas tendrían que volver a trabajar y que seguramente Él se encargaría de alimentarlos mientras permanecieran cerca de Él.

Sin embargo Jesús omniscientemente pone en evidencia sus verdaderas intenciones. Ellos lo buscan por la comida. No conformes exigen de Jesús señales para poder creer en Él. Desean que Jesús les compruebe de alguna manera que Él es quien dice ser. Traen a colación el “Pan del Cielo” que Dios envió a sus antepasados (Jn 6:30-31). De nuevo el tema de la comida, ¿por qué no preguntar sobre el agua de la roca, o del mar rojo, u otro ejemplo? ¿por qué necesariamente la comida? Como dije antes, Jesús ya había puesto en evidencia cuáles eran sus verdaderas intenciones. Esto provocó que Jesús se revelara así mismo como el Pan de Vida. Les explicó que Él era el verdadero pan del cielo, que había descendido del cielo para cumplir la voluntad de Dios, la cual era que ninguno de aquellos que Dios le entregaba en su mano se perdiera y que lo resucitara en el día final. Que la voluntad de Dios era que todo aquel que creyera en Jesús tenga vida eterna (Jn 6:32-40).

Aun así, narra Juan que el gentío murmuraban y se mostraban escépticos, cuestionando el origen de Jesús. De nuevo Jesús atisba sus pensamientos y les ordena a no murmurar. Y hace una fuerte declaración que es vital para entender que a Jesús no se le puede seguir por motivos equivocados. Él les dijo: “nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió, y yo lo resucitare en el día final” (Jn 6:41-44). A partir de ahí Jesús contrasta el Maná recibido por Moisés y así mismo como el Pan de Vida. Les dice que existe una amplia diferencia entre comer aquel pan y comer el Pan de Vida. Si bien es cierto aquel pan sació temporalmente a quienes lo comieron, Cristo, el Pan de Vida, saciaría el hambre espiritual de manera permanente. Jesús invitaba a sus oyentes a que comieran su carne y bebieran su sangre para vivir eternamente. Los judíos se escandalizaron porque no entendían aquellas palabras. El mensaje lo tomaron de forma literal. Pensaban que era necesario convertirse en caníbales para disfrutar las bendiciones de las que Cristo les hablaba (Jn 6:45-59).

Fue precisamente esto lo que motivó que todos aquellos seguidores finalmente desistieran en seguir a Jesús. Dado que su motivos para seguir a Jesús eran errados y tampoco creían en Él verdaderamente, lo mas fácil fue abandonarlo. Pensaron que era demasiado lo que Jesús estaba pidiéndoles. El judío tenía claro que Dios prohibía comer carne humana y tampoco les permitía beber sangre. Pero Jesús no hablaba en términos literales. Jesús hablaba en términos expiatorios. En términos de aceptar su Pasión y hacerla parte de ellos. Fue tal como les dijo alguna vez a sus discípulos Jacobo y Juan, cuando le pidieron sentarse al lado de Él cuando estuviera en Gloria (Mc 10:37-39).

Quizás pudiéramos preguntarnos ¿por qué Jesús no les aclaró sus palabras? En primer lugar porque fue el mismo Jesús quien dijo que a Él vendrían aquellos a quienes el Padre le enviara. Es decir que nadie viene a Cristo si el Padre no lo trae. Similares palabras dijo Juan antes en 1:12-13, a los que reciben a Jesús y creen en Su Nombre, se les da el derecho de convertirse en hijos de Dios, pero estos no nacen por voluntad o merito humano, ni por su propia voluntad, al contrario, nacen por voluntad enteramente de Dios. O como dijo Pablo a la iglesia de Roma: no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro 9:16). Y en segundo lugar porque como ya se ha enfatizado, estas personas ni creían ni seguían a Jesús por los motivos correctos. Ellos solo buscaban satisfacer su hambre.

Entonces para cerrar esta primer premisa, déjame sembrarte las siguientes Semillas de Fe.

Primero, agradece e intercede. No podemos asegurar en qué se basa Dios para atraernos a Cristo, pero si ya tu eres parte de esta gran familia de la Fe, puedes dar gracias a Dios por ello y responderle en amor y servicio a Él. Además, estas llamado a orar e interceder por aquellos que aun no le conocen y no son sus hijos, para que Él tenga misericordia de ellos y los atraiga con su amor y su Santo Espíritu a Su Hijo y los resucite en el día postrero.

Segundo, sigue a Jesús por quien es Él. Hoy día se predica mucho en nombre de Dios, pero esto no significa que sea algo que provenga de Él. Es decir, que muchos pastores e iglesias tienen el mote de cristianas pero no predican a Cristo. Crean cortinas de humo, ofrecen sanidades, milagros, ofrecen tantas cosas que no son mas que cebos para cazar a las presas y llenar templos. Es por ello que hay muchas personas que salen de las iglesias peor de cómo entraron. Porque hubo quien les prometió mentiras, cosas que en verdad no se cumplirían y quedan tan decepcionados que ven a Jesús como alguien que en verdad no es. La Teología de la Prosperidad por ejemplo, ofrece cambios de economía, vende la fe, etc., negando la verdad del Evangelio. Despluma a las víctimas y no presenta a Cristo tal como es. Por ello debemos seguir a Jesús por quien es Él. El pan de vida que descendió del cielo y vino para no perder a nadie y resucitarlos en el día final.

Es verdad Aquellas personas no pudieron ver en Jesús al Mesías porque no les fue revelado. Pero el Padre sí revela al Hijo y tu puedes seguirlo porque sabes que Él es aquel que descendió del cielo para darte vida eterna.

En el siguiente articulo veremos las otras dos premisas, mientras tanto, haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.